En #Naukas21 aprendí…

Había pasado mucho tiempo y, a la vez, el mínimo necesario. Paradójico, pero cierto. Igual de cierto como que todos los cienciatrastornados (o casi todos) esperaban el momento. Los tempi de esta historia los marcaban —incomprensiblemente, FMO— tribunales de justicia y gobiernos autonómicos. Los datos hacían presagiar un cambio en las restricciones socio-sanitarias que daban vía libre a un porcentaje de aforo más que aceptable para que el enorme auditorio del Palacio Euskalduna albergase el evento más multitudinario de divulgasió en España. Como no podía ser de otra manera, y supongo que @Uhandrea no se haya sentido decepcionado por ello, la gente no ha acudido a Naukas Bilbao como en anteriores ediciones (casi me sale lo de «el año pasado», no acabo de acostumbrarme a que la pandemia nos haya robado dos vueltas al sol). Quizás, aunque esto es sólo una hipótesis mía, la gente de fuera de Euskadi no haya venido a #Naukas21 porque gastarse la pasta que cuestan un vuelo y un hotel en Bilbao sin tener garantizada la entrada al evento pues no le apetece a nadie. Ni aunque Bilbao sea la capital del universo conocido y merezca la pena de ser visitada. Aquí, en septiembre, se viene a aprender de ciencia o no se viene.

Y de unos años para acá he intentado recordar a posteriori lo que he aprendido en cada edición de Naukas. [Disculpen si no aparecen. Será por olvido, no por omisión. O porque fui al baño durante su charla, que las necesidades fisiológicas son como la cencia: no se acen solas, hay que acerlas…]

De José Ramón Alonso aprendí que ganar un Nobel es importante, pero que como no todo el mundo llega, está bien formar a gente que lo gane… y se acuerde de ti cuando lo logre.

De Eugenio Manuel aprendí que para que nos hagan un PET con contraste en el hospital ha sido necesaria la confluencia de un montón de aplicaciones científicas desde el siglo XIX hasta hoy en día.

De Francis aprendí que la delgada línea entre lo que es vacío cósmico y lo que no lo es es apasionante —aunque no lo lleguemos a entender—.

De Iñako aprendí que los bebés no tiritan de frío, pero que tienen una grasa parda que está presente en otros seres vivos.

De Conchi Lillo aprendí en Balmaseda el jueves que hubo artistas que percibían sus obras de una manera muy peculiar en función de sus disfunciones receptoras y en Bilbao que no todas las imágenes que vemos sobre microscopía son reales. También hay fakes.

De @shora aprendí que antes lo radiactivo molaba, que hasta había productos con certificados médicos que confirmaban que eran radiactivos para vender más.

De Joaquín Sevilla aprendí que si piensas outside the box se pueden hacer cosas tan chulas como representar danzando el comportamiento de las partículas en las transferencias de energía. Qué maravilla de actuación.

De Gaby Jorquera aprendí que no hace falta gritar para dar las bofetadas que más suenan. Y que la meritocracia genera desigualdades porque parece que sí, pero no.

De Carlos Lobato aprendí que la serie de «Érase una vez… la vida» sentó escuela y que en Japón han adaptado un anime para explicar el funcionamiento del cuerpo humano.

De Ignacio López-Goñi aprendí que los grandes medios de comunicación no siempre informan. Y que no siempre lo hacen involuntariamente.

De Teresa Valdés-Solis aprendí que con las científicas de otras épocas hay que tener siempre presente lo maltratadas que fueron en su mayoría.

De Javier Armentia aprendí que a veces los astrónomos opinan para que el mal de la astrología no invada los medios de comunicación, pero que es una lucha desigual. También que puede hablar durante horas si le dejan. Qué brillantez, por Tutatis.

De Gemma y Marián aprendí que hay quien no conocía «Cuando zarpa el amor», de Camela. Y que es muy usual que el imperio tergiverse la info de manera que no celíacos compren comida sin gluten o que la gente tolerante a la lactosa tome leche sin lactosa. WTF?

De Dani Torregrosa aprendí el jueves en Balmaseda que nos queremos un montón (bueno, eso ya lo sabíamos) y en Bilbao que los envenenamientos están aún hoy a la orden del día . Ah, y que su producto sin lactosa favorito es la cerveza. El mío también.

De Amanda Sierra aprendí que la ciencia no es certeza, que es duda. Y que hay que dudar del científico que no dude.

De Isabel Moreno y José Viñas aprendí las predicciones meteorológicas han mejorado un montón y que los fallos durante la pandemia podrían haberse debido a que los aviones no volcaban datos porque no volaban. Y que el 50% de probabilidad de lluvia no es que llueve o no llueve.

De Javi Burgos aprendí que hay historias maravillosas escondidas en el mundo del arte y la medicina que incluso han confluido y llegado a nuestros días envueltas en misterio.

De Manuel, Natalia y sus groopies cabareteras aprendí que se debe pedir financiación para la ciencia de cualquier forma, porque hace falta para salvar vidas y para que los científicos vivan dignamente.

De Laura Morán aprendí que hay que identificar el deseo como algo a trabajar. Y que es muy necesaria su presencia en todos los centros de educación secundaria. Pstt! Gobierno Vasco, ahí tenéis una tarea pendiente.

De Oskar González aprendí que hay que ser muy muy brillante para ser falsificador… y poder demostrarlo ante los natsis.

De Tito Eliatron aprendí que hubo una época que solemos olvidar en la que las cosas se hacían con regla y compás. Geometría clásica at its finest.

De Manu Arregi aprendí cómo los grandes genios de la pintura usaban la cámara oscura, pero se les notaba que lo hacían con el desenfoque de algunas zonas de sus obras.

De Wicho aprendí que Ada Lovelace podría haber adelantado siglos la aparición de los ordenadores.

De Jose López Nicolás aprendí la importancia del trabajo en equipo en ciencia y, sobre todo, de la paciencia. No todo el mundo puede enlazar una charla de 2014 con una de 2021 explicando lo que ha ido pasando durante todos esos años en apenas 10 minutos, y encima denunciar ciertas prácticas con estamentos institucionales de por medio.

De Javier Fdez. Panadero aprendí que la magia no lo es tanto cuando sabes la Física que hay detrás. Cacharrismo del güeno.

De Juan Angel Vaquerizo aprendí que tenemos enfilado a Marte desde el principio de nuestra civilización. Ese puntito rojo…

De Miguel Santander aprendí que hay formas de saber qué pasa muy muy muy lejos de aquí sin tener que estar allí. Los tecno-marcadores y la vida extraterrestre son un futurible, aunque no sean presente.

De Guillermo Peris y Susana Escudero aprendí que la ciencia ha ayudado, ayuda y ayudará a desmentir lo folclórico del vampirismo (entre otras mitologías).

De Iván Rivera aprendí que lo de los coches voladores que en los 80 pensábamos usar hoy se ha quedado un poco en veremos. Al menos de momento la tecnología no avanza al ritmo de la imaginación humana.

De Helena Arlequino aprendí que hay lecturas incómodas de hacer si te dedicas a revisar test genéticos, porque saber cosas tiene su lado bueno y su lado no tan bueno.

De Pablo Rodríguez aprendí que hace siglos se hacía divulgación y que se puede comprobar viendo cuadros.

De Clara Grima aprendí que se necesitan cuatro colores para colorear mapas y que se nos está quedando talento por el camino.

De Carmen Agustín aprendí que es fundamental saber más sobre enfermedades raras. Y de aquí nos vamos al paso de Natalia y Manolo: hace falta más financiación.

De Jose Luis Crespo aprendí que a lo mejor Heisenberg y su equipo no quisieron que los natsis consiguieran la bomba atómica, por lo que sea. Porque eran gente con cabeza y sabían que Hitler no.

De Carlos Briones aprendí que la carrera de la vida es un camino larguísimo y que es fascinante también.

Como todos los que allí estuvimos, tengo mi Top de charlas. Este año lo voy a dejar en Top 5, todas ex aequo excepto una, por uno u otro motivo. El primero —y este año sí— el más importante: Francis Villatoro. Para meterle en el grupo solo hay que haber hablado con él tres minutos: una mezcla de cabezonería y de lucha interna que le hicieron proponerse estar en Bilbao este finde y que le han traído. Otro de ellos es José Luis López Nicolás, una fuerza de la naturaleza (perdón por robarte el calificativo, Iñako) que no puede ni controlarse a sí mismo cuando está ahí arriba «he dicho que no me iba a calentar… pero me voy a calentar». Joaquín Sevilla tiene un nosequé que quéseyo para conseguir que tener cuatro bailarines de primer orden (Dinamo Danza) te sirva para aprender cómo se comportan las partículas durante diferentes intercambios de energía… si eso no es un don, que baje Higgs y lo vea. Javier Armentia no necesita apenas calificativos para meterle en este grupo porque escuchándole se explica a sí mismo. La brillantez de transmitir algo con la naturalidad con la que lo hace es una marca de la casa que no todo el mundo tiene… de hecho, casi nadie la tiene. Y por último, Carlos Briones, por la atmósfera que crea en cada intervención Naukas. Este año sorprendió con imágenes circulares, enlazando el discurso con la pausa que la excelsa oratoria otorga. Me le imagino diciendo a Peláez «tú baja la luz, que ya hago yo el resto».

Por último, y como (creo) todos los que estos días hemos revoloteado por el Palacio Euskalduna, hay una mención especial para la persona que engrana todo desde donde no se ve, desde el lugar en el que el público lo da todo por supuesto, pero sin lo que nada fluiría tan bien como fluye. Tan importante es tener a un facilitador como Iñako, como a patrocinadores, como obviamente a los creadores de @Naukas_com, como a los ponentes, como al público… Pero es de recibo remarcar la labor de Uxune, porque por lo poco que la conozco uno se da cuenta de que está donde hay que estar, cuando hay que estar y como hay que estar. Eskerrik asko Uxune, eta eskerrik asko a todos y todas por #Naukas21!!!

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