Gabino también es Atapuerca.

«Visitar los yacimientos siempre es algo magnífico». Da igual cuándo leas esto. Salimos para allá sobre el horario previsto, pero se torció la cosa por circunstancias que no vienen al caso. El caso era que volvía a Atapuerca, esta vez con la intención de reportar la visión de la visita desde el punto de vista de un turista. A unos 45 minutos de la sierra, el reloj dice que faltan 20 para las 12h, hora de la visita. Vamos media hora tarde. En el fragor de la conversación con mi co-piloto a quién le debía la visita desde hacía años, nos da un vuelco el corazón que intentamos solucionar llamando a Susana para avisar de que vamos tarde y no llegaremos a las 12h al CAYAC (Centro de Acceso a los YACimientos). Encima, el GPS nos lleva —por culpa nuestra— dando un rodeo por los pueblos para llegar al yacimiento desde el propio pueblo de Atapuerca en lugar de la clásica ruta por Ibeas de Juarros. 

Todo mal. 

Llegamos a la entrada. Un autobús grande, un microbús y unos cuantos vehículos particulares ocupan el parking en casi toda su extensión. Como ya me ha pasado alguna vez, sé dónde no pasa nada si dejas el coche durante la visita, así que mal-aparcamos el coche porque vamos tardísimo y hablamos con el hombre tranquilo que está en una garita roja adyacente a la enorme verja de entrada y que ha salido a decirnos de dónde coger las redecillas y los cascos para incorporarnos al grupo de turistas guiados por Sara. “Tranquilos, acaban de entrar”. Gracias y hasta luego.

Avanzamos por la Trinchera del Ferrocarril hasta juntarnos con el resto en la Sima del Elefante, donde Sara acaba de comenzar a explicar qué es eso, qué hay ahí y por qué. Somos un nutrido grupo de adultos y algún que otro niño, uno incluso en carrito de bebé (no entiendo muy bien el plan de familia para ir a un yacimiento con carrito de bebé, pero bueno, allá cada uno). Qué son las unidades estratigráficas y las cuadrículas, cómo se encuentran diferentes tipos de fauna y flora en cada uno de los niveles, el polen para calcular la cronología de los yacimientos, los animales para determinar el clima que había en cada momento. Infografías. El bebé no sabe por qué, pero tiene que llorar. Es un bebé. Un poco de arrullo de su padre termina de posarlo suavemente entre los brazos de Morfeo. Ni cinco minutos después de escuchar a la guía hablar de la mandíbula de homínido de hace más de 1 millón de años hallada hace unos años ya, y de la lasca de cuarzo blanco encontrada la pasada campaña que ha dado una patada de 200.000 años en el tiempo al maxilar, un teléfono suena. Obviamente, no es el de Sara. El fulano al que le suena revisa quién llama, corta la llamada y vuelve a meter su smartphone al bolsillo. Tres minutos después el sonido vuelve a interrumpir la explicación de la persona que está trabajando. Mi colega y yo nos miramos en plan “como no lo silencie y le suene otra vez, le decimos algo”. No es complicado de entender: la diferencia entre él y el bebé es que lo de uno es evitable y lo del otro no. Parece increíble que alguien que no espera una llamada no sea capaz de poner el teléfono en modo vibración en el bolsillo cuando está en un sitio como el que estamos.

Las letras y los números determinan la posición de lo excavado en cada unidad estratigráfica.

Un par de grupos salen de la Trinchera con su visita terminada mientras finiquitamos nuestra parada en Elefante con algunas preguntas de los más curiosos del grupo. Siguiente yacimiento: Galería. Lo más parecido a una cueva de lo que hay a la vista ahí. Nos habla de Miguelón, nos hace un cuestionario tipo brainstorming con una réplica del cráneo para ver qué es lo que nos llama la atención de su morfología comparándolo con otra réplica de nuestra especie. La gente responde, entra en el juego, porque es que si no ¿a qué has ido ahí? Sara argumenta encantada con la solvencia que te da ser experto en una materia. Sabe qué hipótesis ha habido, por qué se han rechazado o por qué se han considerado plausibles… y cuando le parece interesante de verdad, le sale la pasión. Por ejemplo, intentando hacernos ver porqué es tan importante que en algunos cráneos encontrados se hayan conservado los huesecillos del oído. Claro, no puede entrar en detalles en una charla a pie de yacimiento para gente profana, pero ya os dejo yo esta charla de uno de los investigadores que está llamado a ser uno de los co-directores en Atapuerca: Nacho Martínez, sobre el estudio en el que la ciencia determinó que por los huesos del oído se pudo deducir si tenían capacidad de hablar. Terminamos en Galería con la relación entre la trampa natural con forma de calcetín en la que los homínidos iban a recoger lo que caía para despiezarlo y llevarse las extremidades. Y cómo dejaban los bifaces para no tener que andar llevando y trayendo la herramienta… eran prácticos a más no poder. ¿Pero adónde llevaban lo cortado? Pues al siguiente yacimiento de la Trinchera del Ferrocarril: la Gran Dolina. 

A la derecha de la imagen puede verse la sedimentación en capas, que podría retirarse, dejando el hueco por el que entraría el pie al calcetín que comentaba Sara.

Los visitantes cada vez están más entregados, cada vez más participativos. Sorprendidos sobre todo por la profundidad que tienen en altura los yacimientos que han ido conociendo, y en cómo los estratos hacen las veces de capas de una tarta en las que descifrar por partes y según el método científico la máxima cantidad de información posible. En la Gran Dolina nos cuenta Sara que esa era la zona de comedor y que Galería era algo así como su supermercado —de una anterior visita recuerdo que ahí (creo que fue David Canales, otro fenómeno de la divulgación arqueológica) nos habló de la marca geológica que se encontraron en el corte vertical de la trinchera, la inversión magnética Brunhes-Matuyama, hará unos 800.000 años—. También nos cuenta que hay evidencias de antropofagia, y que los niños de 9-10 años estaban en el menú si venían mal dadas, o si una tribu rival llegaba a donde estabas con la tuya. Sara comenzó a preguntar la edad a los niños del grupo y, como no podía ser de otra manera, un par de ellos o tres nos los podíamos haber comido. Nos confiesa que en alguna visita ha habido peques que llorando imploraban que no se los comieran… la inocencia a veces es perturbadora más que bendita.

Niños y mayores atienden a las explicaciones a los pies de la Gran Dolina.

Con una última rueda de preguntas a cara de perro, aunque ninguna comprometida, nos agradece la visita y la da por concluida. Vamos retrocediendo sobre nuestros pasos en dirección al parking. Junto a la puerta nos pide que dejemos los cascos donde estaban y que tiremos las redecillas al contenedor a tal efecto. “Ya sois libres”, nos dice sonriente. Mi colega tira un par de fotos con la trinchera vacía de público y salimos en pelotón. Los visitantes al autobús y nosotros al coche. Meto la llave, me pongo el cinturón mientras le pregunto a ver qué le ha parecido y al intentar arrancar… no arranca. Dos pruebas en vano antes de confirmar cómo está el indicador de luces: encendido. El llegar tarde y mal al sitio arqueológico me ha hecho dejar las luces encendidas. Después de un par de blasfemias al ver que no hay pinzas en el maletero, me acerco al chófer del microbús —el autobús ya se había ido—, que estaba comiendo su bocata. “¿No tendrás unas pinzas?…”, la dubitativa respuesta con su cabeza mientras mastica es un “no” velado. Abre su compartimento y me dice que “qué va… en el grande seguramente tendrían…”. Otra blasfemia. Estamos lejos de la civilización, sin poder arrancar el coche y con mesa reservada en el restaurante. Mi último recurso es el señor de la garita que nos ha dado los cascos al llegar hacía un rato. Está a lo suyo cuando me acerco a la puerta a preguntarle si tiene pinzas… “Pues mira, sí, porque el otro día me pasó a mí lo mismo que a ti hoy”. Lo arreglamos todo en dos minutos, y cuando se está yendo me doy cuenta de que no sé ni su nombre:

—Perdona, pero ¿cómo te llamas?

—Gabino —me dice.

—Pues muchas gracias, Gabino.

—Nada, hombre. Que tengáis buen viaje.

Vaya esta entrada como pequeño tributo para las personas como Gabino, que son las que también hacen de Atapuerca una experiencia cercana y diferente a la vez. La gente que parece que no está, pero que vaya si está. Tan necesarios son los Arsuaga, Eudald o Bermúdez de Castro como él, o Susana, o Patricia. Es un lujazo conocerles.

Si queréis leer más sobre mis visitas a Atapuerca, he creado un apartado específico en el blog donde iré ubicando las entradas en las que hable del tema.

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