Apolo 9, el primer vuelo del módulo lunar

3 de marzo de 1969. Les toca. Hoy serán ellos. Podían haber sido los protagonistas de la misión anterior, durante las Navidades de 1968, pero el día que Deke Slayton llamó a su despacho a los comandantes Borman y McDivitt para que eligiesen viaje, Borman se prestó voluntario para sobrevolar la desconocida cara oculta de nuestro satélite (Apolo 8). Así fue cómo McDivitt se quedó con la suya (Apolo 9): permanecer durante diez días en la órbita baja de la Tierra (LEO, por sus siglas en inglés “Low Earth Orbit”) para llevar a cabo el máximo de maniobras similares a las que en el futuro tendrían que realizar el módulo lunar y el módulo de mando a su llegada a la Luna. 

Tripulación de la Apolo 9 con el cohete Saturno V en segundo plano.
La tripulación del Apolo 9 posa en las inmediaciones de la plataforma 39A con el cohete Saturno V de fondo

Los tres astronautas están sentados ya en sus ubicaciones, expectantes. Durante los cuatro últimos minutos de la cuenta atrás, su colega Jack King va confirmando los sistemas “Go for launch” desde la sala de control de misión. En menos de un minuto se activará la secuencia automática, dice. Desde los 3:07 previos al despegue estarán a merced de la tecnología. Los ordenadores de la sala de control seguirán informando mientras ellos oyen el crepitar de la bestia, el Saturno V, cargando los tanques. A falta de 2 minutos y 20 segundos para el lanzamiento Jack confirma que la primera etapa queda presurizada. Todos los sistemas funcionan correctamente. Están sudando. Hasta un astronauta se pone nervioso en los momentos previos a la partida. Queda un minuto y la monitorización muestra que la segunda etapa del Saturno V está presurizada. Sólo esperan la confirmación de que todo sigue bien y, después, el apabullante encendido de motores a 8,9 segundos de comenzar su aventura. La voz de Jack deshojando los segundos se les mete directamente al cerebro, haciéndoles mezclar recuerdos de sus seres queridos con miradas furtivas al panel de control y visualizaciones mentales de la plataforma 39A de la que están a punto de partir. No queda nada. “Twelve, eleven, ten, nine, we have ignition sequence started, six…”. Los tres agarran con fuerza sus reposabrazos. “Two, one, zero… All engines are burning. Lift off! We have a lift off. At 11 AM Eastern Time”. Ninguno de ellos alcanza a distinguir si es primero la vibración o el rugido, pero lo cierto es que todos notan a la vez como si de repente fuesen atados al exterior de la parte delantera de una máquina de tren: una bestia les empuja por la espalda. James, Dave y Rusty sienten como si sus órganos se aplastasen por dentro contra ella, dejando vacío el lugar que llevaban ocupando toda su vida. Al menos saben que sólo tienen que esperar unos 11 minutos hasta que la microgravedad les provoque la sensación totalmente contraria.

A las 11 de la mañana despegaba el Saturno V.

La tripulación de la misión Apolo 9 surca los cielos rumbo a la indescriptible e indefectible flotabilidad de la órbita baja terrestre donde permanecerá más de una semana. Empieza la aventura.

Los artefactos que componen la parte práctica de la misión llegan a su “lugar de trabajo”. El módulo de mando (CSM) llegó hacía unas semanas al Kennedy Space Center recubierto por un envoltorio azul, que a los astronautas les recordó a las míticas gominolas de colores que todos hemos comido alguna vez, así que cuando tuvieron que ponerle nombre lo llamaron “Gumdrop” (Gominola). El módulo lunar (LM) está sujeto a la tercera etapa del cohete. Al igual que al CSM, después de verlo le pusieron el nombre: “Spider” (Araña), en clara alusión a la aeronave con las patas desplegadas. Desde entonces, todas las tripulaciones Apolo bautizarían sus módulos.

Módulo de mando (CSM) Gumdrop y el módulo lunar (LM) Spider

Nuestros protagonistas aún están haciéndose a su nueva vida sin 9,8 m/s2 tirando de ellos hacia el centro del planeta, no hace ni dos horas desde que han llegado al espacio. Mientras transcurre la segunda órbita a la Tierra, se disponen a llevar a cabo la primera de las maniobras reseñables de la misión: desacoplar el módulo de mando ‘Gumdrop’ de la tercera etapa del cohete Saturno V (la S-IVB), en cuyo interior está anclado el módulo lunar. A las 2h y 41 minutos de misión se confirma esa separación, McDivitt debe ahora girar el módulo de mando ‘Gumdrop’ y acoplarse al ‘Spider’, todavía unido a la etapa S-IVB del cohete que les ha llevado hasta ahí. Con precisión de relojero y aparentemente despacio, James va acercándose hasta el módulo lunar. 

Con Dave Scott a los mandos de Gumdrop, Scott y Schweickart se preparan para probar la capacidad de funcionamiento real de los trajes Apolo A-7L y la mochila PLSS de soporte vital en las extremas condiciones del espacio propiamente dicho. Hay que salir ahí fuera, aunque a diferencia del cosmonauta Alexei Leonov unos años antes, Schweickart no dispone del cable de conexión con el módulo. Hace tiempo que a Russell, pelirrojo, le apodaron “Rusty” (oxidado, en inglés) por el color de su pelo… y a él le importa tan poco que incluso durante esa actividad extra-vehicular que van a realizar acepta el nombre en clave de “Red Rover”, en clara referencia al color de su pelo. El motivo de la prueba no es otro que confirmar que los trajes cumplen su función, de cara a los paseos espaciales que las misiones futuras tendrán que hacer sobre la superficie de la Luna.

Fotografía durante la Actividad Extra-Vehicular con la Tierra al fondo

Con la EVA (Extra-Vehicular Activity) terminada satisfactoriamente, la maniobra más compleja de todas las que tienen previstas está por llegar. McDivitt y Schweickart deben alejarse con Spider unos 180 kilómetros del Gumdrop propulsados con los motores de descenso y retornar con los motores de ascenso, demostrando que todos los sistemas funcionan correctamente… imaginad qué angustia. Antes de volver para reacoplarse al CSM no dejan nada al azar; incluso prueban si las patas del tren de aterrizaje de Spider se extienden. Tras la confirmación del correcto funcionamiento de todos los sistemas dan por exitosa la actividad, y desechan el módulo lunar Spider para terminar la misión a bordo del módulo de mando Grumdrop.

El módulo lunar probando los sistemas de la configuración de aterrizaje durante la maniobra que llevaron a cabo McDivitt y Schweickart.

El regreso del Apolo 9

Hasta el momento, toda la misión ha sido un éxito. Transcurridos los diez días programados por la NASA, la tripulación comienza los preparativos para la reentrada en la atmósfera terrestre. Abajo, a unos 300 km de las islas Bahamas, les espera ya el USS Guadalcanal con algún que otro helicóptero de rescate. Al contacto con la atmósfera la cápsula se convierte en una gran bola de fuego, emitiendo un rugido que les hace recordar al del comienzo de su aventura. En caída libre durante unos minutos,  los tres paracaídas rojiblancos se abren según lo previsto y el frenazo es tremendo. James mira a sus compañeros diciéndoles con los ojos que ya están a salvo. Por las ventanas pueden apreciar alguno de los helicópteros que vuelan alrededor de ellos a modo de escolta y, probablemente, como referencia visual del USS Guadalcanal que viene de camino. El placentero descenso sólo se ve interrumpido por el choque de la cápsula contra el Atlántico. Los paracaídas se relajan, posándose suavemente en la inmensidad del océano. Allí están. Splashdown. Sanos y salvos en casa, en la Tierra. El vaivén que repentinamente notan en el interior es culpa de la cercanía de los helicópteros que les circundan, dibujando sendos círculos de espuma de mar, desplazando bruscamente el agua. Mientras uno de ellos graba la escena, de otro saltan al mar dos de los tres buzos que les asistirán en su rescate. Poco después el tercero hace lo propio, pero antes de zambullirse arroja lo que parece un paquete anaranjado de considerables dimensiones. El barco ya ha llegado a la zona de amerizaje. Los submarinistas tardan un poco en alcanzar la cápsula, pero una vez que llegan hasta ella, van soltando poco a poco ese extraño bulto. Es complicado maniobrar dentro del agua con el aire generado por un helicóptero molestándote. Se trata de un flotador automático con el que asegurar la flotabilidad del módulo en caso de cualquier imprevisto, y consta además de dos barcas hinchables. Los buzos van rodeando el improvisado pedalo de los astronautas, a medida que lo van desplegando y fijándolo. Con ese trabajo ya completado, uno va desplegando las barcazas. Los otros dós ayudan a salir a los astronautas.

Por fin. Aire fresco. 

Cada buzo se encarga de un astronauta, mientras desde el helicóptero de rescate dejan caer la cestilla en la que serán izados uno por uno desde las lanchas hinchables hasta la aeronave, y de ahí al barco. Así fue como después 151 órbitas a la Tierra y diez días en órbita baja, a las 12:01 del 13 de marzo de 1969 James, Dave y Rusty sumaron sus nombres a la gloria y ayudaron a las misiones posteriores a pisar el regolito de la Luna.

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