Carl Sagan, todoterreno del Cosmos.

El universo, ese infinito conjunto de milagros que nos abraza desde hace tanto tiempo, tiene entre sus destacados valedores al incansable curioso de Brooklyn, Carl Sagan. Nació un 9 de noviembre, y aunque hace años que su tiempo acabó a este lado de la bioquímica, su legado prevalece. Esa pasión con la que acumuló seguidores contando las cosas que han ido ocurriendo a nuestro alrededor, en el sentido más amplio posible de la palabra, le hizo quedarse para siempre entre nosotros. Y es que encima hoy en día estamos de enhorabuena, porque las nuevas tecnologías han catapultado su mensaje todavía más. Los likes a cortes de vídeos suyos en la archiconocida serie documental “Cosmos” o en entrevistas de televisión se cuentan por millones. Sus libros o las reproducciones de la serie son contenidos por los que no pasa el tiempo mientras el espacio avanza. De aquella sopa primigenia de la cultura científica que Sagan cocinó en prime time quedaron datos abrumadores: 400 millones de personas la vieron en su momento. Asombra pensar en los cientos de miles de vocaciones científicas que despertaron el bueno de Carl y su equipo de producción en aquellos capítulos. Necesitó de ese dichoso caballero que es Don Dinero, y esa financiación fue fundamental para descubrirnos las maravillas que había ahí afuera.

Entre las muchas cosas que hizo Carl Sagan, más allá de la generalidad de su encomiable labor divulgativa durante los años 80 y 90, están unos cuantos momentos puntuales que marcaron el inicio de aquella época dorada de la cultura científica, algunas cuando todavía no era tan mediático como llegó a ser. Porque al contrario de lo que se pudiera pensar, Sagan estuvo tiempo entre las bambalinas de la NASA, viviendo desde dentro cómo se cocían las cosas en la agencia. Como acabo de decir, el salto mediático le llegó algo más tarde, pero durante finales de los años 70 entendió perfectamente el sentido de lo que quería hacer y quién sabe si le ayudó a acometer esas empresas de carácter mediático más global. 

Las placas de las sondas Pioneer

Hacía un par de años y medio que Armstrong y Aldrin habían caminado sobre la Luna escoltados por Collins y quedaban unos meses para que Gene Cernan se convirtiera en el último ser humano (hasta el momento) que caminó sobre ella aquel diciembre de 1972, durante la misión Apolo 17. Entre tanto, la NASA comenzaba su programa de exploración espacial más allá de los 384.400 km que nos separan de nuestro satélite mandando al espacio la sonda Pioneer 10, que despegaba desde Cabo Cañaveral en marzo de ese año (hoy está a casi 19.000 millones de kilómetros de nosotros). Le seguiría su hermana Pioneer 11, que saldría en abril del año siguiente (y que hoy está a unos 15.500 millones de kilómetros de la Tierra). El objetivo era enviarlas más allá del Cinturón de Asteroides para que llegasen a los gigantes gaseosos y enviasen imágenes y mediciones sobre ellos, continuando después su viaje hacia el exterior del sistema solar. Con ese objetivo en la mente, el propio Sagan convenció a los técnicos de la NASA para colocar sobre ambas Pioneer una placa con información sobre nuestra especie para que, si algún día alguna de ellas era encontrada por civilizaciones allende las estrellas, pudieran conocer algo de nosotros. La representación principal a efectos galácticos de lo que dibujó Linda Salzman (la que sería su segunda pareja), más allá de la propia figura de un hombre y una mujer puestos como referencia sobre un dibujo de la propia sonda, es esa especie de estrella de líneas. Son los púlsares más cercanos a la Tierra; digamos que es como si estuviésemos aportando el apartado de correos de nuestro planeta. En la parte inferior se grabó la ubicación de los diferentes planetas del sistema solar y en la superior el spin del hidrógeno.

— Carl Sagan muestra una de las placas de las Pioneer – Imagen: CORBIS —

El «Disco de oro» de las sondas Voyager

Un lustro después llegó el turno de las sondas espaciales Voyager-1 y Voyager-2, que fueron lanzadas al espacio en el año 1977 separadas en el tiempo unos meses —y curiosamente despegando antes la 2 que la 1—. Su misión era de nuevo sobrevolar los cuatro planetas más grandes del sistema solar y, una vez hecho eso, proseguir sus respectivos viajes hacia el espacio exterior. Y en eso andan. La Voyager 1 se encuentra a día de hoy a 21,5 horas/luz de la Tierra y la Voyager 2 a unas 18 horas/luz (Esta cuenta de twitter suele notificar la ubicación en tiempo real de cada una de ellas ).

En las Voyager se incluyeron unos discos con contenido audiovisual relacionado con nuestra especie y nuestro planeta. Los denominaron “discos de oro” porque aunque eran de cobre estaban bañados en oro; una maravilla creada con el mismo fin que las placas de las Pioneer, que se pudiera descifrar la información que portaban, pero mucho más sofisticados que las placas. Cada uno de los dos discos (de unos 30 cm. de diámetro) tenían lo que llamaron “Sonidos de la Tierra”. El concepto más cercano a la realidad de esos discos es el de una especie de cápsula del tiempo en el que se grabaron saludos en 56 idiomas o dialectos, sonidos de la naturaleza que nos rodea, también el mensaje “per aspera ad astra” en código morse y música variadísima (cabe destacar aquí la negativa de la discográfica EMI a incluir el “Here comes the sun” de los Beatles, a pesar del “sí” de los de Liverpool a la petición de Sagan). Aparte de todo eso, se incluyó una grabación de ondas cerebrales de una hora de Ann Druyan, la que sería tercera pareja de Sagan, para el supuesto en el que miles de años después de grabarse pudiesen ser interpretadas. Por si fuera poco, y como una imagen vale más que mil palabras, se incluyó una serie de 116 fotos que incluía un “círculo de calibración” para comprender las escalas. Porque como bien dice el gran divulgador Javier Fernández Panadero (@javierfpanadero) “el que mide, sabe. Y el que no mide, opina”.

— Uno de los «Discos de oro» de las Voyager —

Mientras todas esas ideas habían salido de la Tierra hacia los confines del espacio-tiempo, el astrofísico tuvo tiempo para escribir con la colaboración de su mujer Linda Salzman el libro “Los dragones del edén” gracias al que recibió un Pulitzer en 1978. Y también tuvo tiempo para echarse encima a todos los conspiranoicos que creían en los OVNIs cuando desde un ejemplo de espíritu crítico, y estando involucrado activamente en el proyecto SETI de búsqueda de inteligencia extraterrestre, afirmó que eran dos cosas distintas, por mucho que fuese el Pentágono el que hablaba de avistamientos. No hubo nunca una evidencia de visitas extraterrestres (menos aún desde que existen los smartphones, qué cosas…), lo cuál no quiere decir que no haya formas de vida alienígenas en algún lugar del universo. Aquella manera de explicarlo no sólo no le sirvió para que le dejasen de considerar un traidor a la causa, sino que le reportó incluso amenazas de muerte durante un tiempo.

That pale blue dot

Después, sí, llegó “Cosmos”, una obra que es de sobra conocida por todos los mínimamente aficionados a la ciencia. Y por eso no me paro en ella. Prefiero llegar a lo icónico: era el día de San Valentín del año 1990. Solamente alguien con el pensamiento tan magnificente que él tenía podía convencer a la NASA para que girase la Voyager 2 cuando estaba a miles de millones de kilómetros para orientarla hacia la Tierra, sacar una foto y mandárnosla desde las cercanías de Saturno. Cuando la imagen llegó, decidió usarla para tratar de hacer entender a la humanidad que somos una mota de polvo en la inmensidad del espacio. Su reflexión sobre “Ese punto azul pálido” es oro puro (la tuiteé en forma de hilo aquí ). Aquella imagen dio la vuelta al mundo porque su potencia visual es abrumadora. Un puntito, no somos más. Después de aquella llegaron imágenes de nuestro planeta desde otras sondas que hemos enviado como la Cassini que estudió el sistema de Saturno o la Messenger que enviamos a Mercurio. Fotos que nos ponen en nuestro sitio en sentido literal y figurado, rodeados de la oscuridad del vacío cósmico, flotando a miles de km/h en un punto de equilibrio gravitacional en el que el Sol, la Luna, el resto de planetas, el resto de estrellas y el resto de galaxias colaboran.

Acabo esta entrada con una frase que le oí al astrobiólogo Carlos Briones (@brionesci), algo así como que ¿y si en vez de “solos” lo que estamos es “lejos”? Es tan absurdamente enorme el espacio que nos separa del lugar más cercano con presunción de habitabilidad, que quién sabe si alguna civilización está en el punto en el que estamos nosotros. Condenados a no encontrarnos por culpa de lo vasto del universo, como puede apreciarse a simple vista en esta foto del telescopio espacial Hubble en la que se aprecian las galaxias, pero en la que cada mínimo punto que se ve es también una galaxia más lejana o más pequeña, como nuestra mota de polvo desde Saturno.

Deja una respuesta