La fertilidad de Venus

La alta alcurnia de la sociedad romana llevaba algunos siglos mirando de reojo a su vecina Helena. La historia de dos de las superpotencias de la Antigüedad discurrió por caminos mitológicos casi especulares (y sin el casi) hasta el punto de que los roles de los dioses del Olimpo parecían tener sus replicantes en la esplendorosa y creciente sociedad romana. Mientras unos sembrarían de leyendas las supersticiones egeas de unos, los otros servirían de culto a los avatares cotidianos romanos. Ambos tenían necesidades similares en cuanto a buenas cosechas, victorias en la guerra, amores platónicos, desamores, nacimientos, muertes y demás vicisitudes de la vida que requiriesen del imperioso cuidado de seres sobrenaturales. Afrodita y Venus son un ejemplo de esa dualidad. 


Pasaron los siglos y se llegó a la época dorada de la astronomía en la que comenzaron a descubrirse planetas y satélites que había que nombrar. La mitología de aquellas sociedades clásicas había hecho un trabajo de nomenclatura básica en los nombres del sol, la Tierra y la Luna. En Grecia, eran Helios, Gea y Selene. Pero había que bautizar a los recién llegados, y se optó por continuar con esa alegoría. Así, los diferentes planetas (grandes y enanos) descubiertos en nuestro sistema solar son los que son. Mercurio, Venus, Marte, Ceres, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón (están también Eris, Haumea y Makemake, pero esos fueron descubiertos en este siglo XXI). Tuvo que pasar mucho tiempo para que nos entrara la curiosidad por cómo serían aquellos mundos que adornaban nuestras noches siendo puntitos en la oscuridad de la bóveda celeste bailando en compañía de las estrellas y las galaxias, y la gran pregunta: ¿habrá vida en algunos de ellos? El progreso tecnológico hizo cambiar el paradigma de que estábamos solos y ya, quién más, quién menos, admite que “en algún sitio algo tendrá que haber”.



Ahora, otra vez, ha vuelto a ocurrir. Lo que ha sucedido con la vida en Venus es un episodio más de la serie que tiene un componente ficticio y de deseo que hace que no seamos todo lo prudentes que hay que ser. Afirmar que “hay vida en Venus” es algo que está al alcance de muchos, la mayoría de ellos probablemente sea gente que no conozca toda la ciencia que hay que saber para afirmarlo así, sin cortapisas. 


Estamos en un punto de la exploración espacial en el que tenemos candidatos a la vida casi casi miremos adonde miremos del cosmos, y eso que cada vez somos capaces de mirar mejor y más lejos. Los exoplanetas en la zona habitable de sus estrellas son los caramelos a la puerta de un colegio que todos los medios de comunicación cogen para hablar de ellos desde un enfoque de vida extraterrestre que una mala traducción del idioma italiano al inglés en el siglo XIX difundió hasta nuestros días. Como consecuencia de esa mayor capacidad de observación a nivel global, se ha aumentado vertiginosamente el número de exoplanetas detectados orbitando en la zona potencialmente habitable de sus estrellas. En honor a la verdad, en esos casos sí que los telediarios abren la noticia con un futurible “[…] que podría albergar vida”. Son los sabelotodo de las tertulias que lo mismo hablan de economía, de leyes o de fútbol y que enfocan los ojos del ciudadano medio a una realidad que no es tal. A veces incluso disfrazados con una equidistancia que, lejos de aportar algo, dilapida las opciones de tener una sociedad más crítica.


Pero volvamos al tema que nos ocupa. Normalmente, el método de detección de toda esa recua de planetas cuyo prefijo (exo-) se añade por el simple hecho de no encontrarse en el Sistema Solar, está basado en la manera en la que circulan por el espacio alrededor de su estrella. Se llama “método de tránsito” y es tan sencillo de explicar como esa situación en la que seguro que te has encontrado alguna vez mientras tomas el sol. Tumbados, percibimos la luz del sol con los ojos cerrados. Sin embargo, si hay alguien que por hacer la gracia interpone su mano entre el sol y nuestra cara y nos hace sombra, nos damos cuenta de que ya no calienta tan fuerte. Pues bien, para entender el tránsito -de manera grosera-, solamente hay que sustituir nuestro sol por cualquier estrella lejanísima emitiendo un brillo “constante” y detectar las pequeñas variaciones que ocurren cuando un (exo)planeta pasa por delante, cuando el planeta “nos hace sombra” como si fuera una mano molestando. A partir de ahí, toda la maquinaria científica se activa para saber qué tipo de estrella es, de modo que se pueda establecer su zona de habitabilidad, y qué tipo de planeta es, si es rocoso o gaseoso, etcétera. Cuidado, ese “etcétera” tiene dentro de sí siglos de investigación en el sentido literal de la palabra. Se llega a tal detalle que incluso existe una tabla de similitudes relativas de habitabilidad con la Tierra. En el momento en el que la ciencia entra en escena, desembarcan sobre las telemetrías todas las combinaciones posibles, formándose una amalgama de disciplinas que acaban por determinar qué sucede con el exoplaneta en cuestión. Astrofísica, geoastronomía, astrobiología, bioquímica, meteorología, geología planetaria… todos con el objetivo de aportar el máximo de conocimiento posible sobre su ramo de modo que pueda definirse al máximo el lugar en cuestión, por muy lejos que se encuentre y en base a los datos ya recogidos. La tabla con el índice de similitud con la Tierra (ESI, por sus siglas en inglés, Earth Similarity Index) está representada de tal forma que nuestro planeta tiene el valor 1.00 de habitabilidad, y es el único cuerpo celeste que conocemos con vida. En nuestro vecindario, siendo la Tierra 1.00, se ha establecido que -por ejemplo- Marte es 0.64 ESI, Neptuno 0.18 o Júpiter 0.12, eso explica que estemos enfocando a Marte con nuestro esfuerzo explorador. Pero es que, aunque lejos, existen exoplanetas que alcanzan hasta 0.95 ESI, como “Teegarden´s Star b” que igual no nos suena tanto, pero sí que abrieron telediarios los famosos “Trappist-1 d” o “Kepler-1649 c”, ambos con 0.90 ESI. (Hablé de Trappist-1 en esta entrada en su momento)


Lo que no esperaba nadie, o casi nadie, era que fuera a la vuelta de la esquina donde hubiese una efímera detección de indicadores que nos den qué pensar en cuanto a la vida se refiere. Es fascinante que la confirmación de la existencia de una molécula concreta haga levantar las cejas a los científicos porque “¿qué pinta eso ahí?¿fosfano en tan alta concentración en las nubes de Venus?” Y no es menos fascinante que, de una información que los expertos manejan con toda la prudencia del mundo, haya quienes lo resuman en cuatro palabras “hay vida en Venus”. Voy a intentar explicar por qué no es cierto, ni mucho menos, que esa afirmación sea correcta.


El motivo de la confusión -y que habría que demostrar que es (o no) así- es la concentración de algunos gases que se han encontrado en las nubes de Venus, pero esa duda está relacionada con el origen del fosfano tal y como lo conocemos en la Tierra. He ahí el tema. En nuestro planeta, ese gas tóxico e incoloro solamente lo asociamos a microorganisimos, es decir, origen biológico… pero no tan deprisa, forasteros. Tal y como decía, la vida de Venus es un poco diferente a nuestro idílico planeta. Allí, bajo los mantos de nubes el efecto invernadero hace que las temperaturas estén por encima de los 400ºC, es por eso que la vida en la superficie se haya descartado. Sin embargo, ¿podría existir vida en las nubes de Venus? Si bien afirmarlo ahora requiere de una investigación a fondo, podríamos decir que posiblemente en el pasado remoto de Venus hubiera vida. Lo bonito de que finalmente se acabe descartando la existencia de vida es que, a día de hoy, no conocemos un origen diferente al biológico anaeróbico, y entonces estaríamos ante un nuevo reto para la ciencia. ¿Cómo se genera el fosfano si no es a partir de la descomposición de microorganismos?¿cuál es su origen?


Recreación de la superficie de Venus – Fuente: Getty Images


Hay un documental (“Estamos solos. Aliens”) en el que el desaparecido Stephen Hawking habla de cómo podrían ser los diferentes organismos en función de los diferentes entornos que se vienen barajando como escenarios posibles de ese descubrimiento que, por supuesto, cambiaría el paradigma. ¿Imagináis que existan formas de vida diferentes a lo que conocemos como tal? Pues aunque no lo creamos es una de las opciones que están sobre la mesa. Lo que realmente ha sorprendido es tener una tecnología tan desarrollada ya como para detectar exoplanetas habitables a millones de años luz, y no habernos dado cuenta de que nuestro vecino Venus tenía algo que decirnos. Al fin y al cabo, Venus era la diosa de la fertilidad… veremos hacia dónde nos lleva ese maravilloso descubrimiento entre nubes con ese aroma a ajo por culpa del fosfano que tenemos aquí al lado.




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