El lenguaje marciano

En el año 1877, un malentendido en la traducción del idioma italiano al inglés (y que un astrónomo diera por buena una peregrina hipótesis) propició una cristalización en el imaginario colectivo según la cuál había vida extraterrestre inteligente en el planeta Marte. Y es que, estimado lector, en la lengua de Shakespeare no es lo mismo decir que los “canali” del italiano son “canals” o decir que son “channels”. El mejor período para estudiar un cuerpo celeste es antes y después de una oposición. Para entendernos, imaginando que uniéramos los centros del Sol, la Tierra y Marte en aquel momento, la Tierra quedaría en el centro durante una oposición. Durante unos años, Giovanni Schiaparelli detalló lo que veía en la superficie de nuestro vecino planeta. El error que se originó a raíz de sus anotaciones tuvo su base en la denominación de esas líneas que él vislumbró (y que nombró como ríos de la Tierra) ya que fueron traducidas al inglés como “canals” en lugar de “channels”. Aquel malentendido terminó en un folklore alienígena que aún hoy habita entre nosotros (y lo que nos queda). La diferencia entre ambos términos es el origen de su formación. Mientras los “canals” tienen un origen artificial, los “channels” lo tienen natural.

«Más que verdaderos canales, de la forma para nosotros más familiar, debemos imaginar depresiones del suelo no muy profundas, extendiéndose en dirección rectilínea por miles de kilómetros, con un ancho de 100, 200 kilómetros o más. Ya he señalado una vez más que, de no existir lluvia en Marte, estos canales son probablemente el principal mecanismo mediante el cual el agua (y con él la vida orgánica) puede extenderse sobre la superficie seca del planeta.»

Sin embargo, otro astrónomo, Percival Lowell, consideró la opción de que una inteligencia artificial hubiera necesitado construir esos canales para paliar la patente desertización del planeta rojo. Tan plausible le parecía que dedicó un observatorio y varios años de su vida a investigar sobre ello, llegando a publicar hasta tres libros. Lo que al principio fue una idea peregrina, acabó magnificándose de tal forma que hasta nosotros mismos llevamos oyendo lo de los “marcianos” desde que tenemos uso de razón. Cuánto más fácil hubiera sido, con el paso de las décadas y la confirmación de que era algo inviable, aplastar cualquier atisbo de duda sobre la existencia de una civilización inteligente en un planeta a unos pocos millones de kilómetros de nosotros. Lejos de eso, la gente comenzó a creer cadavez más en conspiraciones gubernamentales que nos ocultaban sus “visitas”, y la prensa, la literatura y el cine de ciencia-ficción hicieron el resto. 

Cien años después, las agencias espaciales del mundo colaboran entre ellas -o no- para enviar vehículos a Marte que nos permitan poco a poco ir desentrañando las condiciones que nuestro planeta vecino habría necesitado en el pasado lejano para albergar vida, o quién sabe si encontrar microorganismos hoy en día. Con respecto a estos programas de investigación, la NASA envió el 30 de julio de 2020 el rover Mars Perseverance como parte del Programa de Exploración de Marte, un proyecto a largo plazo para explorar la superficie marciana con robots. 



La misión está enfocada a coleccionar muestras de roca y suelo de características interesantes para su estudio y lejos de ser desechadas, dejarlas en un lugar concreto al que futuras expediciones tripuladas puedan acceder para traerlas de vuelta a la Tierra. Sí, ya sé, parece ciencia-ficción. Pero no sólo eso… también se pretende aumentar el conocimiento que tenemos hoy en día de Marte aplicando tecnologías que descarten o confirmen la posibilidad de, por ejemplo, producir oxígeno a partir de la tenue atmósfera marciana o identificar otros recursos para obtenerlo, mejorar las técnicas de aterrizaje en Marte, establecer las características del polvo marciano que puedan ayudar a una correcta adaptación de los futuros astronautas a aquel entorno. El hecho de que el rover sea muy similar al Curiosity no tiene otra explicación que el abaratar costes y minimizar riesgos al saber ya que su método de aterrizaje funciona.

Está previsto que el rover Perseverance aterrice sobre suelo marciano el 18 de febrero del año que viene. Se ha elegido como lugar de impacto el delta de un río en el lago que un día llenó el Cráter Jezero y el vehículo pasará al menos un año marciano (dos años terrestres) explorando la zona de aterrizaje. Perseverance tiene el tamaño de un coche y es muy parecido al Curiosity, pesa poco más de una tonelada y mide unos 3 m. de largo, 2.7 m. de ancho y 2.2 m. de alto. Con respecto al Curiosity, incluye como nueva tecnología a probar en Marte un piloto automático para evitar riesgos llamado Terrain Relative Navigation y unos sensores recopilarán datos durante el aterrizaje, también tiene un sistema autónomo para andar más rápido en zonas complicadas si se hace a la velocidad de avance standard. El rover utilizará la generación de electricidad producida por el calor de la descomposición natural del plutonio-238 proporcionada por el MMRTG.

Eso sí, una de las novedades con respecto a misiones anteriores es la inclusión de un pequeño helicóptero autónomo que han llamado “Ingenuity” (Ingenuidad), el Mars Helicopter es un proyecto experimental que al despegar desde diferentes puntos de la superficie de Marte, pretende aportar datos sobre precisamente eso: cómo afecta a lo que conocemos como “despegue con motor” la diferencia entre la atmófera de allí y la de aquí (a lo que hay que sumar una atracción de la gravedad mucho menor que la nuestra), y también ayudará a decidir si en un futuro se mandarán más helicópteros para utilizarlos como avanzadillas a los lugares donde enviar los rovers o a los astronautas por tierra, sobrevolar zonas de difícil acceso para fotografiarlas o ¿por qué no? enviarlos como una nave de ciencia en sí misma equipándola de instrumentos. Ingenuity no ha ido a Marte a ayudar a Perseverance, sino a confirmar qué puede y no puede hacer allí un helicóptero. Apenas tiene medio metro de alto y pesa poco menos de 2 kg., recarga sus baterías con luz solar -con las que también se calentará para poder estar en temperaturas operativas durante las frías noches marcianas- y entre su equipamiento tiene un sistema de comunicación inalámbrico (obvio) y dos cámaras (una en blanco y negro y otra de color), que seguro que nos dan muchas alegrías.

Veremos lo que nos depara el año 2021, además de (POR FAVOR) la vacuna contra el coronavirus. Tengo ganas ya de ver aterrizar el Perseverance y las pruebas de vuelo del Ingenuity… ¿vosotros no?


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